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ENTRE LINEAS

¿Cada oveja con su pareja?

¿Cada oveja con su pareja?

Me hablaba hace poco una buena amiga mía de las dificultades que tenía para encontrar pareja, pareja estable, después de cinco años de pacífico divorcio. También a mi me parecía sorprendente que una mujer como ella, inteligente, atractiva e independiente económica y profesionalmente no diese con el tercer (lleva dos divorcios) hombre de su vida. No es que haya sido parca, en calidad y cantidad, en relaciones con los hombres durante esos cinco años, no, pasión, sexo e, incluso, amor, no le han faltado pero no ha logrado establecer pareja. Lo cierto es que si que encontró a su hombre ideal con el que mantuvo una relación de casi tres años, pero, el susodicho tenía un “pequeño inconveniente”. Estaba casado aunque, le había dicho él, “se llevaba fatal con su mujer y se iba a separar en breve”. La cosa, como ya barruntaba mi amiga, no fue exactamente así. Se separó de mi amiga y sigue con su mujer, “a matar, eso si”.


La cuestión es que ella me hacía la siguiente reflexión sobre su experiencia con el género masculino y sus dificultades en encontrar pareja.


“Verás”, decía, “Los hombres con los que me encuentro los divido en varios grupos. Los hay solteros y sin compañera. Esos podrían parecer ideales para formar pareja pero no es así. Un hombre que pasa de los treinta y cinco años y que permanece soltero o que no tiene pareja, es por alguna razón en especial. Si no ha logrado formar pareja con nadie es porque tiene un defecto de fabricación o utilización importante. En cualquier caso no podría entenderme con alguien que no ha pasado por la experiencia de convivir en pareja”.


“¿Y que ocurre con los separados o divorciados?” le pregunté pensando que ese sería un filón inagotable. “No, si de esos hay bastantes, pero no creas que es tan fácil encontrar a alguien en condiciones en ese segmento de hombres”, y me argumentaba, “por lo general el hombre se separa de su mujer por dos motivos. El primero es porque se ha enamorado de otra mujer. Pero, cuidado, estoy hablando de que se ha enamorado perdidamente de una mujer. Si no es así, no se separa. Se queda con lo que tiene. En todo caso, esos separados o divorciados ya son inalcanzables porque ya tienen nueva pareja. Luego está el segundo motivo por los que se separa o divorcia un hombre. Mejor dicho. Por los que lo separan o divorcian ya que, los varones amigo mío, pocas veces tomáis la iniciativa si no existe otra fémina por en medio. Es la mujer que, cansada de aguantaros, os dice: ‘Ahí te quedas’. Y no necesariamente tiene que haber, como en el caso de los hombres, un enamoramiento irresistible de por medio. Y si, esos son cada vez más abundantes, pero si una mujer ya ha lo ha dejado por insoportable no dudes, que llevaba la razón y por tanto tampoco me convienen como pareja”.


“Siempre te quedarán los viudos” le dije “Uff. De esos hay muy pocos en el ‘mercado’ y, en cuanto ‘salen’ no duran ni veinticuatro horas solos, sobre todo si es alguien que merezca la pena, por supuesto. Con frecuencia hay alguna mujer que, mientras permanecía casado, le rondaría (aún sin mala intención) y que al ver el camino despejado y que él ‘estaba en el ruedo’, iría a echarle un capote” y continuaba “Así que, querido amigo, mi ‘nicho de negocio’ está en los casados o con pareja. Son los que por lo general merecen la pena pero a esos, la mujer no los deja ir ni aún por encima de su cadáver. Y yo de los casados huyo como alma que se lleva el diablo. Huyo de enamorarme de ellos porque quién acabará perdiendo seguro que seré yo”.


Ante ese panorama, me dijo, iba a probar fortuna con las de su género. La verdad es que yo le alentaba (y le aliento) a ello. Le hablo de las bondades de la bisexualidad y que con ella resolvería los inconvenientes de la dedicación exclusiva a un sexo y, por ende, de las posibilidades para formar pareja. Mientras, pensaba yo, se acrecentarían mis probabilidades de componer un armonioso y divertido trío. Y es que los hombres siempre estamos pensando en lo mismo. La Geometría.


La otra cara de la moneda en Un "básico" por pareja

Los niños con las niñas y las niñas con los niños y las niñas

Los niños con las niñas y las niñas con los niños y las niñas

Hasta en este mundo de los diarios se nos ve el plumero. A nosotros, a los del género al que pertenezco, osea, a los hombres, a los machos, al sexo “afincado”, en definitiva.


Por poco que se navegue por las distintas páginas, existe una tendencia a que, las páginas de cuya autoría se dice femenina, abundan en comentarios masculinos. Es decir los chicos comentamos las páginas de las chicas y raramente las de los nuestros “colegas” de sexo. Con las féminas no ocurre igual. Ellas suelen realizar comentarios indistintamente tanto en páginas de hombres como de mujeres.


¿Quiere ello decir que tienen las féminas mayor sensibilidad literaria? Creo sinceramente que no. Ambos sexos gozamos de iguales capacidades de creación e inteligencia. No obstante hagamos la prueba. Utilizando el anonimato que concede “La Red” disfracémonos de féminas y veremos como se incrementan los comentarios. O, al contrario, alguna página presuntamente femenina de éxito que confiese se trata en realidad de un barbudo o barbilampiño, es igual, caballerete. Le auguro un negro porvenir de tertuliano-tertuliana cibernética.


Y es que hasta en este mundo pseudo-literario a los varones se nos ve el plumero. No podemos olvidar nuestra condición de tales ni ejerciendo de aprendices de escritor. El flirteo, la seducción, el ligue descarado siguen siendo nuestras constantes. Tal vez por eso no seamos tan espontáneos y perdamos creatividad. Y es que el ejercicio de “machito” obliga a mucho.

Vivir después de haber vivido






“Si es que firmo ahora mismo por llegar a su edad y estar como está él”


¿Cuántas veces hemos oído esa expresión referida a una persona de avanzada edad? Cientos de veces. Incluso nosotros mismos cuando nos enteramos que fulanito o menganita ha cumplido más de ochenta años y aún no es pariente de Alzheimer, anda y se expresa con más o menos coherencia y clarividencia, envidiamos llegar a esa edad en sus mismas condiciones.


“Si es que es da gusto ver como se explica, la claridad de ideas que tiene y lo bien que se conserva”, decimos. Sin darnos cuenta que, por mucho bisturí que se aplique, arrugados y (lo siento) arrugadas, lo vamos a estar tod@s a esa edad (si llegamos) sin distinción de razas, clases o condición social. Así que, conservados si, pero en su justa medida.


“Vive como un cura (sic). Yo también quisiera estar como él/ella, en una residencia de superlujo, con gente de su misma edad y con atención médica en todo momento. Además tiene libertad absoluta para entrar y salir de la residencia cuándo le venga en gana”.


Más o menos con esas palabras decimos lo bien que viven nuestros mayores cuándo conocemos que no tienen problemas económicos, están rodeados de personas con más o menos sus mismas inquietudes y gozan de buena salud. Y nos alivia saber que, si esta les falla, tengan atención médica inmediata.


Manuel es un cliente muy especial del despacho. Es especial porque hace poco cumplió noventa y seis años y, aunque la vida no le ha sido fácil, su estado de salud es más que aceptable. Conserva la lucidez y oído y vista son sus principales caballos de batalla pero, ya se sabe, “eso es la edad, pero no se puede pedir más estando cómo está”. Ese “estando como estᔠse refiere a que, don Manuel, como yo le llamo, tiene una posición económica deshogada lo que le permite vivir ajeno a cualquier penuria económica. Hace dos años perdió a su mujer y tuvo la desgracia de sobrevivir a su única hija que había fallecido cuatro años antes, a los sesenta y ocho años. Así que, sus únicos parientes vivos, son dos nietos y tres bisnietas, una de ellas recién nacida. Hasta hace unos años iba a un centro de día dónde se reunía con algunos de sus amigos de, entonces, su misma edad. Pero ver cómo uno a uno iban desapareciendo le deprimía mucho y, cuando el último abandonó a los ochenta y ocho años, decidió no acudir más. Así que ahora se dedica a lo único que se puede dedicar, ver (con dificultades) la televisión, pasear y … recordar su vida. Su vida anterior. De vez en cuando, en celebraciones de cumpleaños, Navidades y fiestas similares, lo visitan sus nietos y bisnietas. En otras épocas, el trabajo y los colegios, les impiden ir a verlo y, claro, cuando llegan las vacaciones “mis nietos se van de viaje con sus hijos y es que lo pobres no tienen otra época en la que ir”, me dice.


- ¿Y cuál es el motivo de su visita hoy, don Manuel? – le pregunté alzando algo la voz por su parte izquierda que es la que le funciona mejor auditivamente hablando.
- Pues verá E.L., quiero demandar a un médico que me ha recetado un medicamento que no me sirve para nada.
- ¿Y qué medicamento es ese?
- Es uno que me dijo que me iba a ir muy bien para combatir la soledad, pero por más que sigo las indicaciones, me tomo la dosis recomendada, no hay manera de que pueda estar al lado de mi mujer, de mi hija y de mis amigos… ¿Lo entiende, Sr. Líneas?


Por supuesto que lo entendía y, esta vez, me abstuve de sonreir y de contestar: “¡¡ Pero hombre, don Manuel ¡!. No se de qué se queja, la verdad. A su edad y estando como está.”

Crepúsculo

Crepúsculo



Donde la tierra abre su vientre evaporando al sol su sangre sabia,
y se mezcla con el rocío de mañanas blancas,
con los perfumes de los vientos del sur,
con mugidos agrestes, con relinchos violentos,
con cantares de pájaros que se aprestan al vuelo,
con retoños creciendo en busca de futuros eternos.


Allí donde la tierra se hace hembra,
donde la luz del sol pega de frente,
donde la cantidad no cuenta mas que para servir al número,
donde el arroyo es vena que se retuerce en rubrica
de lo alto a lo bajo para bañar las lagunas.


Donde la vida vive, donde muere la muerte.
Donde la sombra dura lo que la luz consiente.
Donde los ojos palpan con libertad profunda el horizonte claro, los crepúsculos dorados, la noche encanecida y las auroras sonrientes.


De aquella tierra vengo, sin haberme ido nunca, sin dejarla nunca,
tratando siempre de crecer por dentro.


De allí vengo... y traigo en el recuerdo, la estatua de carne de una mujer que sacudió mi vergüenza.


Hubiera querido hablar con ella... pero para qué…


Tenía los ojos tan quietos enterrados en mil surcos de arrugas.
Su nariz y su boca... indiferentes al olor y al gusto.
Sus manos, unidas en el cansancio y marchitas por años de preñez.
Su pecho tan hundido que en la curva de su espalda se reflejaba el peso de sus senos abolsados rozando el estómago.
Sus hombros oblicuos y pequeños me mostraban que hasta el peso de los brazos cansa cuando siempre se los tuvo para abajo recogiendo tiempo vacío de esperanza.


Tal vez el polvoriento médano viajero, alguna vez, la llevó a contemplar paisajes nuevos.


Tal vez el viento de la tierra vieja, le canto coplas que aprendió de lejos. Y allá... cuando el poniente se acurruca en sueños sintió que la nostalgia le arrimaba leña para quemar silencios.


Tal vez se emborrachó de orgía, de sexo, que culminaba la novena luna sobre un cuero de oveja que tiñó de rojo y secó de olvido.


Tal vez tiene la suerte de ser virgen aunque pariera mil por su bruta inocencia.


Tal vez se cansó de esperar nada y cambio su espera por distancia.
Distancia quieta... retorcida en troncos enraizados en paciencia mortal, pero latente hasta en la corteza de tu rostro.


Porque la vida ha querido que su cuerpo y su alma sean una sola cosa.


Hubiera querido hablar con ella. Pero para qué... si lo único que tiene es el silencio.


Los tiempos cambian, los recuerdos quedan, los hombres mueren cuando no hay vergüenza. La sombra crece dentro de la conciencia, si la conciencia no crece en la sombra.


Yo me pregunto,
¿Cuanto tiempo se precisa para saber cada vez menos?
¿En qué lugar de la vida nace la resignación?


Solamente el miedo incuba diferencias. Y solamente desde el desdichado miedo ajeno se nutren los enfermos que quieren cubrir el sol que nace para todos con el tóxico aliento de la mentira, negación absoluta del razonamiento.


Y pensar... pensar que allí, desde donde para cualquier lado se mira adentro.


Donde la luz y la sombra se juntan para algo más que para que pase un día.


Donde el lento ascenso de los caldenes contrasta, con la siembra, madurez y cosecha de trigales.


Allí... donde un día la lanza metió su punta y el sable revolvió polvaderas en quita y en defensa,


Donde la sangre gastada...
Donde la sangre gastada que mojaba el suelo, hoy mismo se evapora y sigue revoloteando en el cielo de auroras y ponientes.
Donde el viento se junta cuando al cielo se arriman nubarrones.


Allí... la vi sentada....
con sus ojos tan quietos,
con el tiempo metido hasta en las uñas,
con el sosiego entero escrito en el espinazo,
la estatua de carne que enarbola ciclos de olvido y de miseria.


Me sentí tan pequeño ante tanta grandeza.


¿De qué vale mi historia sin tu algo?


Si algún día... llegaran mis palabras a tí, no pienses que te estoy utilizando, la sucia diferencia que nos separa, la inventamos como castigo que habremos de pagar tarde o temprano sin tener más que el alma por testigo.


    P.S. Adaptación de la letra del poema de José Larralde titulado “Estatua de carne”

Avaricia

Avaricia

- Hace meses que no veo a mi mujer como antes. Ya no es aquella esposa que se arreglaba para sentirse atractiva. Ya no es aquella persona que encandilaba con su sonrisa. No sonríe y, en sus ojos, noto un aire de melancolía. Siente nostalgia de algo, no se, indefinido. Estoy preocupado porque se que la pierdo. Como su mirada que, cuando la busco, siempre la encuentro en aquél punto del vacío donde van a parar todas las miradas perdidas. En la indiferencia.


- Es culpa tuya…


- ¡¡¿Culpa mía?!! –interrumpió a su amigo con cierto enojo sin dejar que acabara la frase- ¡¡ ¿Pero qué dices?!! La sigo queriendo mucho, tu lo sabes, y se lo demuestro a ella todos los días. A todas horas. No hago otra cosa qué estar por ella y pensar en ella… pero siento que no me corresponde. Se va. Y no sé que hacer por evitarlo.


- Es culpa tuya –repitió su amigo- Tu avaricia te pierde. Y acabará por destruir todo lo bello que te rodea.


- ¿Mi avaricia? No te entiendo.


- Verás. Hace años que te conozco, que os conozco. Erais, en cierto modo seguís siendo, una pareja muy atractiva. Envidia de muchos y muchas. No hace falta que te recuerde la de féminas que te “beneficiastes” antes de casarte, como tampoco te creo tan ingenuo para que no sepas la cantidad de suspiros que has recopilado después… El coqueteo es algo innato en ti. Y lo has cultivado siempre…


- Bueno, bueno –volvió a interrumpirle- Pero sabes, igualmente, que nunca le he sido infiel a mi mujer en todos estos años de matrimonio.


- Si, si. Lo se. Y nadie te lo reprocha porque, al igual que no existe ninguna ley que prohíba al Sol, la luna o las estrellas sonreir como quieran o lanzar su luz, tampoco existe una ley que prohíba que tú proyectes tus encantos sobre otras personas. Ese no ha sido el problema. Incluso diría que a tu mujer, le gusta ese filtreo que te llevas porque sabe que la quieres y, como tú me acabas de decir, se lo demuestras a diario. Pero eso no es suficiente. Debes ser más generoso con ella.


- ¡Pero si no le falta de nada! Tiene todo lo que me pide y hasta lo que no me pide…


- No me estoy refiriendo a cosas materiales. Hay algo que desequilibra vuestra relación y es tu avaricia. Tu tacañería.


- Explícame eso porque no te entiendo.


- Eres uno de los mejores arquitectos del país. ¿Te has preguntado por qué construyes esas casas tan sólidas y espectaculares? Si, ya se lo que me vas a decir. Porque es tu trabajo, te gusta y, además, vives de eso. Seguro que no piensas ni por un momento, que construyes casas para que se derrumben o para que no sean admiradas por los demás. Y ahí radica tu éxito. Que lo bueno que haces, lo bueno que tienes pueden compartirlo miles de personas. Como te han compartido a ti en tus conquistas, en tus devaneos amorosos. Si hubieses sido avaricioso con tu trabajo, amigo mío, estarías en la ruina.


- ¡Claro! Ahora me estás diciendo que porque no me gusta que mi mujer filtree con otros hombres, es infeliz. Pues nada, hombre, a follar que son dos días… Además te diré algo. Ella me quiere a mi…


- …y sin embargo la pierdes –acabó la frase su amigo- Tú lo has dicho. Cuesta un montón aceptar lo que te he acabo de explicar, lo se. Ni yo mismo estoy muy convencido de compartir a mi pareja con otros. Forma parte de nuestras costumbres. De una educación de siglos. Pero esa información no es la que está escrita en nuestros genes y esa contradicción es causa de mucha infelicidad…


- ¡Ya y por eso debemos compartir a nuestras mujeres con los demás para ser más felices! –contestó con ironía su amigo- ¡Anda ya!


- Pues si. Eso digo. Y, nosotros, animales racionales, recibimos y damos peor trato del que reciben o dan otros animales que no se divorcian o riñen si dejan a su pareja, pasan la noche fuera o, incluso, tienen otros amantes…


- … ¡bueno! ¡a nosotros no nos tratan tan mal ¿eh?! ¡ jajajajajajajaja!


- jajajajajaja


Y, así, con una sonrisa en los labios continuaron hablando los amigos sobre otras cosas más importantes que del reino animal.




“Cierto hombre indigno de poseer amor viejo o nuevo, por ser él falso o débil, pensó que su dolor y su vergüenza menguarían, si descargaba su ira sobre las mujeres; y de ahí surgió la ley de que una mujer sólo conocería un hombre”

Mensajea aunque conduzca

Mensajea aunque conduzca

Me encanta recibir mensajes en el móvil y reconozco que andaba cabizbajo porque hacía días que no tenía ninguno. Hasta el martes por la tarde que uno se coló en la bandeja de entrada. Llegó justo cuando descendía “a tumba abierta” con la bicicleta pero, mis deseos por leerlo eran tantos, que lo hice sin parar de pedalear. El peligro era evidente pero ¿existe alguna relación, de las que merecen la pena, que no entrañe riesgo?

Flor de un día

Flor de un día

Hace más de ocho años que lo planté en una maceta del jardín. No era, no es un cactus con una estética bonita o llamativa. De hecho cuando pasé por el “garden” ni me fijé en él. Fue al cabo de unos días de verlo allí, arrinconado y olvidado por todos, cuando llamó mi atención... y es que el desamparo siempre me ha conmovido. Así que decidí llevármelo. Total, los cactus no precisan demasiados cuidados. Casi no hace falta regarlos, no se podan y ni necesitan tierra abonada para desarrollarse fuertes y sanos. Tampoco le di un lugar preferente en mi jardín. Es uno más entre mi colección…





No obstante él se empeña en llamar mi atención año tras año, verano tras verano. Me regala una flor sublime, bellísima, inigualable a todas las que pueblan el jardín. Parece mentira que un cactus tan feo sea capaz de crear tanta hermosura. Esa flor se marchita en algo más de veinticuatro horas por eso dicen de ella que es “flor de un día”. Son curiosas las metáforas que nos regalan las plantas. La belleza efímera que puede vivir gracias a un planta perenne y grotesca. Esa belleza que es posible gracias a una relación que, hace más de ocho veranos, inicié con el cactus. Al próximo brote le pido en matrimonio.

El escondite (y III)

El escondite (y III)

En la imagen tenéis una representación gráfica de lo que es nuestro sistema solar, con sus nueve planetas más lo asteroides. No aparece en él ningún planeta “sin papeles” como ocurre con el 2003UB313 que aunque haya sido visto y bautizado por la NASA con ese alfanumérico nombre, hasta que no lo bendiga la Unión Astronómica Internacional, no existe como tal. Como se que tampoco esos sesudos señores darían crédito al lugar dónde se ubica mi escondite.


Fijaros en esta otra representación gráfica:





¿Verdad qué guarda una similitud sorprendente con la del sistema solar? En realidad guarda semejanza con la representación gráfica de cualquier sistema planetario. Es la representación que se hace del átomo. Su núcleo en el centro y, alrededor orbitando, los demás elementos del átomo. De cualquier átomo, incluida la “O” de mi H2O.



Y ahora, abrid la imaginación. Un microscopio con la suficiente potencia podría enseñarnos que hay en esos elementos que dan vueltas alrededor del núcleo del átomo cual planetas alrededor del sol. ¿Y si hay vida? ¿Y si me encontráis saludando desde cualquier punto de esos elementos? Seria fantástico vivir en el oxígeno. O, mejor, ser el oxígeno mismo. Poder volar o volatilizarse como cualquier gas. O, si lo deseamos, trasladarnos a vivir en casas fabricadas con los mejores minerales. Los más resistentes y cómodos y, además, sin pagar hipotecas. Porque, piedras, hay para todos. De un plumazo acabaríamos con el problema de la vivienda. Hasta podríamos llevarnos encima las playas que quisiéramos, las montañas o la naturaleza entera.



Pensadlo por un momento y decidme ahora si no es posible que mi escondite esté ahí, en la “O” del H2O. Alguna ventaja debiera tener el ser tan insignificante como los que pertenecemos a la raza humana.

El escondite (I)




Se suele decir, cuándo a alguien le gusta -o a la inversa- un lugar, “si me pierdo que (no) me busquen ahí”. Como al común resto de los mortales me ocurre lo mismo y, siempre, en el mismo sitio … o con los mismos ingredientes. Por esos parajes me escondo hasta, incluso, de mi mismo. No voy allí para “encontrarme”, sino para perderme. No hay nada como experimentar la perdición. La de los sentidos. La de la carne. La de los demás. La de uno mismo. Y es que necesito sentir esa ruina para saber que sigo existiendo y, además, pertenezco al género humano. Comer cuando tenga hambre, beber cuando tenga sed y, sobre todo, callarme para poder escuchar ese silencio que me enriquece.





“El hombre es el único animal que come sin tener hambre, bebe sin tener sed y habla sin tener nada que decir” (Mark Twain)

El escondite (II)




Y es que, para mi, es muy gratificante esconderme en el oxígeno. No, no es un error de preposición. He escrito “en” el oxígeno y no rodeado de oxígeno o alguna otra figura retórica similar. No estoy desvariando y, para certificarlo, vuelvo a repetirlo con todas sus letras. He estado escondido en el interior del oxígeno. Concretamente en la “O” del H2O. Si, ya se que es el agua, que uno tiene su culturilla. Y ya podéis borrar de vuestras caras esa sonrisa de conmiseración como si estuvieseis perdonando mi delirio. Nunca he estado más cuerdo ni más lúcido. Cuando estoy de vacaciones tengo más tiempo para pensar, para parir nuevas teorías y al igual que hacían los filósofos en la antigüedad, descubrir el Universo que nos rodea. Pero ellos, los pensadores, no habían llegado todavía a saber que también vivían en algún elemento químico y no rodeado de ellos. Su vanidad les llevó a creerse el centro del Cosmos.





Ahora es como si viese vuestras carcajadas mientras escribo esto. No me importa. Todos los genios (y genias) tenemos un punto de incomprensión de los demás. Eso sucede al principio porque cuando se demuestra la razón de nuestra hipótesis, que la demostraré, el escepticismo se torna en admiración… no exenta de envidia, claro.





Pero hoy no desarrollaré mi teoría. Dejaré que continuéis con vuestra sonrisita unas horas más y que penséis en lo absurdo de las palabras que acabáis de leer. Sigo con el reportaje gráfico iniciado ayer por si alguien se atreve a ver más allá de las fotos y resuelve el enigma. El juego continúa y una pista-consejo. Si de veras queréis conocer, dejad que vuestra imaginación vuele. La imaginación es cómo un paracaídas, solo funciona cuándo está abierta.

Porcentajes despreciables




Según una encuesta, al 6% de los habitantes de Catalunya les importa la reforma del Estatuto de autonomía.


Las estadísticas indican que el 8% de los catalanes y catalanas ocupan cargos políticos. Es decir, son diputad@s, senador@s, consellers/eres, regidors/es y aferrados al cargo.





El gobierno tripartito catalán se felicita por el interés que genera entre los políticos, el 75%, la modificación de la carta magna autonómica y considera despreciable el porcentaje del 94% de los ciudadanos y ciudadanas de Catalunya que manifiestan mostrar un desinterés absoluto por el tema. “Total” dicen fuentes autorizadas del govern, “por mucho que se opongan van a tener ‘estatut’ tanto si quieren como si no”.

Operación salida

Operación salida

La operación salida se ha realizado sin grandes complicaciones ya que se llevo a cabo de manera escalonada, es decir, l@s un@s por encima de los otr@s. Como siempre, vamos.

El valor de una vida

Un bailarín gitano haciendo honor a su nombre - Farruquito- atropella a un tipo en paso de cebra, lo mata, no tiene carnet de conducir, en fin, todo eso que le podría pasar a cualquiera en un mal día golfo. Pero lo que le convierte en un hijo de puta es que no sólo no lo auxilia, sino que se esconde hasta que dan con él, y entonces se inventa un culpable en la figura de su hermano menor de edad y echa la responsabilidad sobre terceros que le aconsejaron mal. Y a este lumpen impresentable, que en este caso me es indiferente que baile con los pies o con el culo, vamos nosotros y le pedimos permiso para preguntarle por el crimen, por si se enfada el muchacho, que es farruco, o su agente, que nos ha vendido la moto para que sirva en su defensa, y que entendamos su desgracia. ¡Pero qué desgracia, cabrón! La única desgracia es que ganaste lo suficiente para comprarte un BMW, que no quisiste ni gastar en una academia que te enseñara a conducir y mataste a un inocente, hasta ahí lo indigno. Pero lo que ya no tiene perdón es además no socorrerle


A Gregorio Morán, periodista y autor de estas palabras (que suscribo íntegramente)le exigieron una fianza de 6.000 €uros por esas palabras 'deshonrosas para la intachable conducta (sic) del 'presunto'(eso es mío) artista.


Y la vida de ese hombre que mató con villanía el Farruco vale, según la administradora de justicia de lo penal número 8 de Sevilla , la "friolera" de 102.483 €uros que percibirá la viuda, más otros 8.275 euros para los padres de la víctima. La "travesura" del machacador de parquets no le supondrá pasar por la cárcel dónde, por cierto, residirá los próximos dos años un admirador suyo que se bajó música de internet. Dicen que el violador del arte flamenco estaba indignado con la sentencia y es que, al pobre desgraciado, le retiran el permiso de conducir durante cuatro años.


Y es que hay días que no debería ver las noticias si es que no quiero vomitar.

¿Nos enlazamos?

¿Nos enlazamos?

No le estoy pidiendo en matrimonio a nadie que, con uno, ya he tenido suficiente. Simplemente lo que demando es reciprocidad de trato. Igualdad en la relación. Enlazar o, para los y las aficionad@s a los anglicismos, “linquear” (va con “k” ¿y qué? :-PP) significa que añaden la dirección de tu página o páginas en ajenas. Para introducirse en la lista de casa extraña hay varios métodos. El más usual es el que tácitamente se establece entre visitante y visitado. Se visita una página y, si esta te gusta, te la añades a los enlaces. A continuación, el enlazado o enlazada, debe saber que ya es inquilino de tu página y obre en consecuencia es decir, que actúe a la recíproca. No es muy elegante escribirle directamente “que te he enlazado y ahora te toca a ti” y, en general, no se actúa así. Normalmente el vinculado o vinculada se da cuenta si visita asiduamente la página donde figura y, en un alto porcentaje, te incluye en la suya … aunque luego tenga que hacer verdaderos ejercicios de memoria para saber en qué lugar te encontró. Pero hay un pequeño grupo que, aunque se sepan ligados, no te adicionan a su grupo de destacados y destacadas. Vamos, que te ignoran olímpicamente. No se si es por puro despiste. O porque no te consideran lo suficientemente apto o apta para figurar en la que creen una lista de privilegiados y privilegiadas o, sencillamente, obedecen a unos principios de selección no suficientemente entendidos por el resto de los “desenlazados y desenlazadas”. Lo cierto es que cuesta entrar en ese círculo de hierro. Confieso el que me fastidia el que al o la que tengo una consideración no la tenga conmigo.





Finalmente hay otro grupúsculo que practican el “spam vinculativo”. Página que visitan, página que solicitan, con más o menos gracia, ser enlazado o enlazada. Da igual que la página trate sobre la cría del cangrejo guaraní, la vida sexual de los calamares, de cocina, política o el apasionante tema de la reforma estatutaria de las comunidades autónomas. Tanto da si uno o una es añadido a la lista. Podría pensarse que l@s solicitantes tienen su página repleta de los vínculos más variopintos. Nada más lejos de la realidad. Piden matrimoniarse virtualmente pero ell@s permanecerán solter@s. Si es que se están perdiendo las reglas de la cortesía.

Conmoción en el mundo del arte




- ¿Pero tu has visto qué realismo? Es una obra auténtica.


- La verdad es que si. Parece cómo si pudiésemos tocar la palmera.


- Es fantástico. ¿Y has visto el soporte de la palmera? Azul. ¡Que manera de comunicar del autor que estamos faltos de agua!


- ¡Si, si! Es una auténtica imagen de denuncia de cómo degradamos el medio ambiente. Fíjate. Las hojas de la palmera de color gris, caídas, sucias. El tronco, rojo, escuálido, dando la sensación de que la sangre corre por dentro alterada.


- Es una maravilla. La mejor obra del autor que he visto en años.


Eran dos amigos los que tenían esta conversación en una galería de arte de esas para “enterados y enteradas”, entusiasmados ante lo que contemplaban. Pudieron admirar extasiados la portentosa “escultura” durante más de un cuarto de hora. Justo el tiempo que tardó la encargada de la limpieza en recoger la fregona y el cubo con la escurridera para empezar su tarea de lavado del suelo. Y es que, hasta las galerías de arte necesitan limpiarse.

¿Y tú, “echas” o “haces”?




Pues el título que ilustra el escrito de hoy es la sempiterna discusión que mantengo con una amiga mía. Discrepamos en cuál de los dos verbos debe acompañar determinadas acciones, dibujadas en expresiones, de la vida cotidiana. Mientras ella dice “Voy a echar una siesta”, yo expreso “voy a hacer la siesta”. E invariablemente me corrige, “las siestas no se ‘hacen’, se echan”. U otra locución más de las mías, “¿qué hacen en la televisión?” Y, la de ella, “¿qué echan en la televisión?”. De nuevo trato de convencerla en la corrección del empleo del verbo “hacer” y no “echar” por aquello de lo hacendosos y laboriosos que somos los catalanes que siempre preferimos “hacer” y no “echar” como quién tira algo al cubo de la basura. No hay manera de llegar a un consenso lingüístico. Pero en lo que si coincidimos ambos es en lo de “echar un polvo”. Y es que los dos somos así de limpios y no nos gusta “hacer” polvo, sino “echarlos”. Todos los polvos fuera. Cuanto más lejos mejor.

Un recuerdo y un regalo




No nos da risa el amor cuando llega a lo más hondo de su
viaje, a lo más alto de su vuelo:
en lo más hondo, en lo más alto,
nos arranca gemidos y quejidos, voces de dolor, aunque sea
jubiloso dolor, lo que pensándolo bien nada tiene de raro, porque
nacer es una alegría que duele.





Pequeña muerte, llaman en Francia a la culminación del abrazo,
que rompiéndonos nos junta
y perdiéndonos nos encuentra
y acabándonos nos empieza.


Pequeña muerte, la llaman;
pero grande , muy grande ha de ser, si matándonos nos nace.

Eduardo Galeano

Satisfaciendo curiosidades




Lo prometido, dicen, es deuda. Y a mi sólo me gusta estar en deuda con Hacienda, así que ahí tienes, querida Mariose o Marihose (que sospecho te intercalas la "hache" cuándo vas guerrera ;-)) cómo continúa el camino. Ya ves como a cada paso se vuelve más frondoso y profundo. Son esos parajes, espesos y hondos, los que nos reservan las mayores sorpresas porque, cuándo llegas a lo que parece el final, se abre ante tí toda la hermosura que ves en la otra foto. Un pequeño lago donde desemboca un riachuelo y, al fondo, montañas y muchos más caminos tal vez como este...


¡¡ Protesto !!




Aviso a las almas sensibles con ciertos temas. Hoy estoy reivindicativo. Y cabreado. En cierto modo toda reivindicación es consecuencia de un estado de cabreo anterior. Y, como soy madurito en ciertas lides, mi enfado viene de antiguo. Al hecho.


Barcelona (capital) miércoles 20 de julio de 2005 es decir, hoy. El verano está siendo especialmente duro, por el calor, este año. En la calle voy esquivando el sol porque tengo la sensación que, el más leve contacto con el mismo, me va a hacer arder la piel. A las 13 horas estoy citado a una audiencia previa en los juzgados. Así que, por exigencias del guión profesional, debo ir vestido con “la pulcritud que se demanda en una sala de Justicia”. Es decir, camisa, americana y corbata. Además en el interior de la sala de justicia o “injusticia” (denominación que escogeré al final del proceso según me vaya) debes ponerte “toga” que es como una especie de sotana.


La experiencia me dice que, a la hora que está señalado el acto judicial, nos va a tocar esperar un rato. A esas horas se han acumulado los retrasos de toda la mañana. No obstante me adelanto veinte minutos por si han llegado, por fin, las instrucciones del Ministerio de Justicia que habla de aquella entelequia de que la "Administración de Justicia tiene que ser rápida, sin dilaciones indebidas". Iluso de mí. Después de 25 años en la profesión sigo siendo un crédulo iluso. No escarmiento. Antes de nuestra audiencia previa debe celebrarse un juicio oral cuya hora era las 12'30 y, por el bullicio que hay en el exterior de la sala hasta la bandera de testigos, peritos y demás, la demora va a ser larga.


Pero en fin, esta vez voy de demandado y no tengo prisa en que se celebre el juicio. Lo que si encuentro un castigo excesivo a la futura impuntualidad de la justicia, es que el aire acondicionado esté preso y no lo dejen salir a aliviar nuestros calores, en especial el mío "¡Amnistía para el aire acondicionado!" grito en silencio mientras una catarata de sudor se desliza por el meandro de mi espina dorsal. "¡Liberad al fresco verdugos!" sigo con mi particular revolución interior notando como las gotas de sudor de mi frente amenazan con invadir mis globos oculares. Nada. Ni una miserable corriente de aire. "La próxima vez me traigo un ventilador portátil, ¡¡ea!!".


Las 12’55 horas. Llega la abogada contraria con su procuradora. Nos saludamos con cortesía... y con calor, por supuesto. Ambas van livianitas de vestimenta, claro, la justicia no les obliga a ir con americana y corbata. Empiezo a pensar si esto de administrar y gestionar justicia no será una cosa del sexo femenino. Es posible. Mis sospechas se acrecientan cuando veo llegar a la representación de los otros demandados. Dos abogadas más y dos procuradoras. Total seis mujeres. Llega mi procuradora. Siete. Los del juicio verbal, aquellos que iban a celebrar antes que nosotros, no entran. Al final una mente pensante, se decide abrir la puerta de la sala de vistas, para saber el porqué de la tardanza. ¡¡ Joderrrrrrrrrrrr!!. ¡¡ Pero si no hay nadie ¡! Estaban los administradores de justicia en su interior, esperando que el oficial, este sí varón (se lo noté por la cara de ‘pringado’ que tenía) avisase de que “ya estaban todas las partes y podía celebrarse el juicio”. Y yo estaba ya hasta las mías de tanto esperar, sudando como un animal y, encima, delante de seis mujeres ante las que debía desplegar todo mi encanto personal y masculino. Así iba a ser imposible… “Si al menos me dejasen desnudarme” pensé. Iba anidando en esa idea del despelote, cuando a las 13’30 horas, entramos en la sala todos y todas ataviados y vestiditos con nuestras “sotanas” (togas). “Sólo media hora de retraso”, me dije comprobando con verdadero horror que me empezaban a sudar los dientes.


En el interior de la Sala, al frente, estaba “dios todopoderoso” en forma de diosa, es decir, la Juez. Su “Señorita” como la denomino. Al lado la Secretaria del juzgado y, en los bancos, el público. Cuatro mujeres más. Hago un rápido recuento y contabilizo en aquella sala doce mujeres y un varón. El que os suscribe, cual “benditotúeres”. Es entonces cuándo me percato que la “diosa” (jueza) va sin toga con un monísimo (y ligero) vestido sin mangas que deja al descubierto hombros y cuello. “¿Será partidaria ‘su señorita’ de la justicia desnuda?”. Estoy por preguntar si puedo iniciar mi “despejote” de vestimenta y quedarme con la toga sin nada debajo antes de iniciar el “acto” (judicial, por supuesto), cuando una voz inquisitiva que viene del cielo me saca de mi ensoñación preguntándome: “¿Algo que alegar Sr. Letrado?” “¡¡¡ Protesto!!!” es la única palabra que acerté articular.


(Ya he colocado una imagen del “acto” para que os ilustréis de cómo es nuestra justicia-injusticia diaria. Pero eso si, os haré un examen para ver si os habéis ‘tragado’ todo este escrito… incluido lo que viene a continuación ¡ A estudiar ¡).




Ilmo. Sr. Juez, Ilmo. Sr. Fiscal, ... Ilmo. Sr. Letrado. Posíblemente por cuestiones históricas, de reconocimiento de la presencia del Estado y de sus poderes en las instancias públicas, se sigue manteniendo el tratamiento de “ILMO.” a los representantes de la Administración de Justicia y de la Fiscalía General del Estado. No tengo nada en contra, si ello preserva el principio de igualdad amparado por la Constitución. La función que desarrollan es importante y fundamental para el funcionamiento adecuado de las instituciones. Pero lo es también, la del profesional del Derecho, la del abogado o letrado cuando actúa ante los Tribunales, ejerciendo el derecho de defensa. Una función tan importante como la del Juez o Fiscal. Sin letrado defensor no hay juicio, no hay proceso ni Estado de Derecho. No vemos, por ello, como una función tan trascendente, no debe venir acompañada de forma paralela de un reconocimiento de su dignidad, en la misma medida que sucede con los miembros de la judicatura y de la fiscalía. Ilmo. Sr. Juez. Ilmo. Sr. Letrado. Ilmo. Sr. Fiscal. Las cosas en su sitio. Ni más ni menos... (escrito en abril de 1997. La vida sigue igual)

Mi querido 'santero'

Hace casi dos años y medio me fue diagnosticada una epicondilitis en el brazo izquierdo. Quién lo haya sufrido o lo sufra sabrá de lo que le estoy hablando y, para los que no, os diré que, en términos generales, es una inflamación de los tendones que se manifiesta con dolor en el codo y en el antebrazo. Es el vulgarmente llamado “codo de tenista”. Como nunca he jugado al tenis con el brazo izquierdo, la medicina tradicional me atribuyó la dolencia al “desgaste de los años” y a que forzaba y fuerzo mucho las muñecas tecleando el ordenador. Tras algunos meses a dieta de anti-inflamatorios, el dolor no remitía y la flexión de mi castigado brazo izquierdo era cada vez más heróica. Así que el traumatólogo, después de seis meses de anti-inflamatorios, decidió practicarme una infiltración. “Que deberá resolverte la epicondilitis. Si no es así, notarás que te empieza a doler otra vez en más o menos seis meses y, entonces, la única solución es operarte”, me dijo. Le faltaron quince días a los seis meses. El dolor volvió y las dificultades en extender y flexionar el brazo también. La sola idea de pasar por una mesa de operaciones me angustiaba. Eso de que te tengan dormido involuntariamente y a merced de alguien que sabes te va “a apuñalar” (aunque sea de “buen talante”) es una imagen que me inquieta sobremanera.





Así que decidí hacer caso a una amiga que me había hablado de las bondades de la “otra medicina” para dolencias como la mía. Ella conocía a una persona que tenía “un don” para curar. “Un santero”, le decía yo. “Que no”, respondía ella, “va mucha gente a verle para que le sane, incluso médicos con lesiones importantes” apostillaba con esa afirmación tratando de convencerme. “Tiene unas manos de oro. Ya verás”.


Como mi sufrimiento crecía opté por hacer caso a mi amiga. “Total” pensaba yo “si algo sale mal, no es más que un brazo y, además, el izquierdo. También Cervantes era manco y escribió ‘El Quijote’”. Así que nos fuimos al “centro de operaciones del santero”. “¡¡ Que no es un santero. Que es una persona que tiene un ‘don’ ¡!” “¡¡Vale. De acuerdo!! Pero como me haga una ‘imposición de manos’ o ‘unos pases energéticos’, me voy ¿eh?”, advertía yo. “Jajajajaja. Ni pases mágicos, ni imposiciones de manos. Masajes en los centros que tienes ‘averiados’. ¡¡ Ah y prepárate ¡!. No va a ser una sesión suave ¡!”. Al decirme eso mi incredulidad se empezó a convertir en preocupación. No me dio tiempo a retirarme. Habíamos llegado… y casi me da algo al ver “el santuario”. Porque aquél lugar era un auténtico santuario. La sala de espera era (y es) un pasillo estrecho que estaba presidida por una cuadro de la imagen de un Cristo del que salía una aureola blanca en fondo negro. Eso no era todo. En la repisa del ventanal de la que he denominado sala de espera, estaba y está todo lleno de figuritas de ángeles de falsa cera que miran todas hacia la imagen del Cristo. En la pared que hay frente a esa imagen del redentor aúreo, descansaba en otra repisa independiente, la figura de una virgen ¿Era o no un santuario?





Estaba por apretar a correr cuando se abrió la puerta de dónde, iba a saber después, se realizaban “las operaciones de sanación”. Salió de allí un hombre bajo, calvo, de aspecto afable y bondadoso. Su mirada, directa a la mía, me inspiró confianza. Y me di cuenta entonces que aquél hombre no era un santero, ni un charlatán. Aquél hombre, sencillo y de sonrisa franca, tenía ciertamente un ‘don’. Mi amiga me lo presentó y nos estrechamos las manos. Un apretón fuerte. Como a mi me gusta estrechar y que me estrechen las manos. Aborrezco que me dejen flácida (la mano) en la mía, ni tan siquiera una mujer si es que, una mujer, me debe estrechar la mano.





Entre en su ‘sala de operaciones’. Si lo de fuera de esa ‘sala de operaciones’ era un santuario, aquella habitación era un ‘altar’ lleno de la imaginería religiosa más completa. En el centro del cuarto, había una camilla parecida a esas que tienen en los ambulatorios para las primeras curas, donde me senté. Ya no me importaba el ‘entorno’ porque confiaba en aquél hombre. Extraños mecanismos tiene la mente para albergar confianzas y sentimientos. Me cogió la muñeca de la mano izquierda tanteándome su perímetro. “Tienes doce tendones fuera de sitio. No te preocupes que te los voy a poner dónde corresponde”, me dijo. “¡¡ ¿Doce?!!” le pregunté sorprendido “¡¡ ¿pero hay tantos? ¡!”. Sonrió. “Tenemos setenta y dos tendones. Y tú ‘sólo’ tienes doce fuera de sitio”. No salía de mi asombro. Yo que creía que, cuando se hablaba de tendones, se hablaba de dos, a lo sumo de tres y acababa de descubrir que tenía setenta y dos y aquél hombrecillo de sonrisa tranquilizadora, con una rapidez admirable -no había tardado ni un minuto- descubrió que tenía doce fuera de lugar.


Empezó su masaje por la muñeca. Los movimientos eran rápidos y enérgicos. “Crac, crac, crac” podía oir el chasquido de los tendones entrando en dónde, al parecer, debía ser su lugar. Sentí dolor. Un dolor que fue remitiendo a medida que avanzaba el masaje. Luego pasó al codo, el epicentro del dolor. Hundió uno de sus dedos en la parte blanda del codo. Justo en la intersección entre el antebrazo y el brazo. Sentí más dolor. “Este estaba totalmente fuera de sitio y ahora te lo voy a colocar en su lugar”. Lo hizo y llegó un momento en que, por más que hundía sus dedos, no me ocasionaba dolor. Había desaparecido. Luego el codo. Casi ni me lo tocó. “Tienes un bulto aquí. Seguro que te han hecho una infiltración”. Aquél hombre no dejaba de asombrarme. No le había dicho nada. “¿Pero cómo lo sabes?”, pregunté. “Porque ese pequeño bultito que tienes aquí son los residuos de la infiltración y tienen que ‘disolverse’. Te los quitaré en dos o tres sesiones”. La verdad es que cuando pasó sus manos por ese punto en concreto, me pareció notar como el bulto disminuía. Ya sin dolor alguno. Finalmente paso a mi omoplato. “¡Pero si ahí no me duele!”. “Ya lo imagino” me comentó sonriendo de nuevo “pero es que si te he puesto los tendones en su sitio en la muñeca y en el codo, tengo que ‘ajustarte’ las terminaciones de los tendones que, justamente están ahí. Mira un tendón es como la cuerda de una guitarra. Si se desajusta de un extremo y la vuelves a poner en su lugar, debes procurar que toda la cuerda esté ajustada”. Con una explicación así de sencilla ¡¿cómo no lo iba a entender?!.





La primera vez que fui a su consulta, era un 30 de marzo de 2004. He vuelto cuatro veces más, la última, el miércoles pasado. Mi brazo izquierdo está como nuevo y mi “amigo santero” me ha dicho que, por el brazo, no lo voy a necesitar más. Seguro que es así. Volveré por la espalda que ya le he dejado ‘manipular’ y casi me quedo dormido en la camilla y, eso, es casi un milagro.